lunes, 1 de octubre de 2012

Dos poemas de Raymond Carver

 

 

Lo que dijo el médico

Dijo que la cosa no tenía buen aspecto
dijo que lo tenía malo malo de verdad
dijo que había contado treinta y dos en un pulmón
y que dejó de contar
le dije me alegro porque no querría saber si hay más
dijo si usted es un hombre religioso arrodíllese en el bosque y pida ayuda
cuando llegue a la cascada la neblina le rodeará los brazos y la cara
deténgase y trate de comprender esos momentos
yo le dije no lo soy pero trataré de empezar hoy
dijo lo siento mucho
dijo me hubiera gustado tener otras noticias que darle
dije Amén y él añadió algo que no entendí
y no sabiendo qué más hacer y para no hacerle repetirlo y a mí digerirlo
me quedé mirándole sin más durante un rato
y él me miraba a mí
me levanté y di la mano a quien solo me daba
algo que nadie en la tierra me había dado
puede que a fuerza de costumbre hasta le diera las gracias.




Mi cuervo

Un cuervo se posó en el árbol que hay frente a mi ventana.
No era el cuervo de Ted Hughes, ni el cuervo de Galway.
Ni el de Frost, ni el de Pasternak, ni el cuervo de Lorca.
Tampoco era uno de los cuervos de Homero, impregnados
de sangre coagulada tras la batalla. Era sólo un cuervo.
Que jamás encajó en parte alguna
ni hizo nada digno de mención.
Se quedó ahí en esa rama durante unos minutos.
Luego alzó el vuelo maravillosamente
y salió de mi vida.

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